La habitación estaba a oscuras. Sólo a través de las rendijas de la persiana podía entrar un poco de luz invernal, la suficiente para poder adivinar donde se encontraba la cama de Victoria. Estaba como el día en que todo pasó. La colcha con sus cojines favoritos, un libro de fantasía sobre la mesilla y las gafas para leer, todo como lo había dejado el día que no regresó a casa. Desde hacía dos meses. Y ya estaban en Navidad.
Su madre no había querido tocar nada. Todos los días, antes de salir de casa, entraba en el cuarto, abría la ventana, se sentaba en la silla que había junto a la cama, ojeaba el libro, volvía a cerrar la ventana y salía de casa.
Siempre realizaba el mismo trayecto. Que ganas tenía que la carretera estuviera abierta al tráfico. Cada día le costaba más llegar al hospital. Los médicos seguían sin darle demasiadas esperanzas, pero ella, esperaba poder llevársela a casa en estas fechas. Si no, serían las primeras navidades que pasarían separadas. Y no estaba dispuesta a eso.
Su familia era bastante humilde, pero le gustaba celebrar la Navidad todos juntos. Solamente durante estas fechas podían estar juntos. El resto del tiempo estaban siempre separados. Vendrían su marido y su hijo desde Argentina, donde trabajaban en una multinacional, y querían estar todos juntos.
Aquel día María se había despertado muy sobresaltada. Soñó que Victoria entraba en casa, como siempre, dejando el abrigo sobre el sofá, con una sonrisa de oreja a oreja y contando las batallitas del trabajo. Siempre venía contando algo que le resultaba divertido. En el sueño había mucha luz, se podía sentir la vida, el calor... Y de repente, todo oscuro, la cara de su hija llena de tubos, el respirador, y el monitor pitando muy rápido. Carreras, y la silueta de los médicos diciendo que no había superado la última crisis.
Desde que había salido del pueblo le acompañaba la niebla. Ella pensaba que la niebla era su única compañía a lo largo del camino. El día que había más niebla, su hija estaba peor. Cuando salía un poco el sol o había tormenta, Victoria parecía sonreír. Cada día recordaba que su niñita prefería el invierno al verano, aunque siempre que había un día de sol, salía a hablar con las amigas a la puerta, o salían a comer todas juntas y los días de tormenta se sentaba en su cuarto, junto a la ventana, mirando el cielo oscuro, los rayos, escuchando caer la lluvia…
Acababa de llegar al hospital. Los celadores ya la conocían y la saludaban, dándole ánimos: “¡Hola María, acabo de pasar por la habitación de la chica y le he visto buen color de cara, seguro que te la puedes llevar a casa en Navidad, verás que sí!”. Aunque ella intentaba darle las gracias con una cara de alegría, no lo conseguía. Los dos meses le estaban apagando la vida, al igual que a su niña. Gracias al novio de Victoria, podía descansar un poco e ir al pueblo a darle una vuelta a la casa. Mario era muy bueno. Todas las tardes, al terminar de trabajar llegaba al hospital, siempre con una flor, y una sonrisa en la cara. Daba un beso a Victoria en la frente y, sentándose junto a su chica, empezaba a contarle todo lo que había estado haciendo durante el día: “Hoy me desperté con muy malas pulgas, pero, al ver tu foto junto al despertador, me cambió el día. ¡Ah!, mi madre te manda recuerdos, mañana vendrá a verte, está haciéndote una colcha con unos recortes de tela que está quedando preciosa, porque le he dicho que esta manta azul es horrorosa. He visto hoy a Adolfo y Felipe, dentro de un rato vendrán a verte, así que te voy a poner guapísima.” Cada vez que la madre lo veía así con su hija, se ponía muy contenta. Parecía que Victoria cambiaba la cara, que se le llenaba de luz.
Entrando en la habitación lo vio colocándole un cojín bajo la cabeza, le había peinado los cabellos, que volvían a crecer, revueltos y rizados como siempre. Había puesto luces de navidad, campanas, cintas…decorando todo el cuarto, tal y como a la chica le habría gustado.
- ¡Buenos días! Que temprano has llegado hoy. ¡Mira lo guapa que está mi niña!
- ¡Hola Mario!, si está guapísima. ¿qué tal has pasado la noche?
- Yo muy bien. He soñado que se despertaba, que estaba un poco floja, pero que nos la llevábamos al pueblo. ¡Ay, María, estoy deseando escucharle decir mi nombre, reírse...!
- Y yo, hijo, y yo…
El joven se despidió y salió para ir al colegio. Ella se sentó junto a su hija y comenzó a leerle el periódico. Desde el día del accidente, cuando aquel coche casi le quita a su niña, se sentaba junto a ella y le leía el periódico, revistas de actualidad, algunos correos electrónicos de sus amigos. Los médicos decían que durante el coma, los enfermos pueden escuchar a los que tienen cerca. Y por eso todos los días le hablaba, le ponía la música que le gustaba, encendía la televisión…
Eran las 11 de la mañana, dentro de media hora llegaría el médico con su séquito de ayudantes y le harían nuevas pruebas. Durante ese tiempo ella se iba a la capilla del hospital y rezaba. No sabía si serviría de algo, pero a ella le tranquilizaba. Esa tarde llegaban su esposo José y su hijo Ginés. Estaba deseando de abrazarlos y tenerlos cerca. Estos dos meses habían sido los peores de su vida, pero Mario había conseguido que no se deprimiera.
Ya escuchaba los pasos del doctor Juárez, así que se dispuso a saludarlo. No se equivocaba, pero la cara de éste parecía diferente. “¿Serían malas noticias?”
- Buenos días, doctor.
- Hola María, ¿qué tal hoy el viaje? ¿Sigue la carretera cortada?
- Sí, doctor, pero ya estoy acostumbrada. ¿Hay buenas noticias?
- Hay buenas y las de siempre. Las lesiones más graves que su hija tenía en las extremidades y el tronco, están a punto de sanar. De no ser por eso, hoy mismo, 23 de diciembre, yo le daba el alta. Pero tenemos el problema del coma, María, como de costumbre. Hoy vamos a hacerle otras pruebas, a ver si encontramos alguna respuesta por parte de su hija.
- Eso es lo que más deseo. Los dejo con ella. Por favor doctor, avíseme con lo que sea cuando termine. Estaré donde siempre.
- No lo dude, yo iré para allá cuando tenga los resultados.
Cuando se dirigía a la capilla, al pasar junto a una ventana observó un cambio en el cielo. Estaba poniéndose muy oscuro. En cuestión de una hora había desaparecido la niebla que siempre tiene el Guadiana y el cielo se había cargado de nubarrones negros.
- Tormenta, y de las grandes. –le dijo uno de los enfermeros con los que se cruzó.
- Eso parece. Ojalá y llueva, el campo necesita agua, hemos tenido un otoño muy seco, a ver si el invierno se anima y llueve un poquito. La gente del campo lo agradecería muchísimo.
- Tiene razón, señora. ¿Qué tal la niña? ¿Mejor?
- Las heridas las tiene ya casi curadas. Pero van a hacerle unas pruebas para el coma. Yo voy donde siempre.
- La acompaño, yo voy por allí.
- Gracias.
Cuando ella entraba en la capilla, empezaba a descargar la tormenta. Llovía y mucho. Los cristales vibraban. “Lo que disfrutaría mi niña con esta tormenta. Estaría en su cuarto, viendo los rayos, arropada con su mantita. Con cara de felicidad y asombro”. Desde los 2 años hacía lo mismo. Y le constaba, se lo había dicho muchísimas veces, disfrutaba como una enana.
La tormenta duró mucho tiempo. Se había dejado el reloj en el cuarto de su hija. No se había fijado la hora que era, cuando sonó el teléfono. Era su hijo: “Mamá, ¿qué tal todo? Estamos entrando en Badajoz. Y te traemos una buena noticia: ¡no tenemos que volver a Argentina! Nos quedamos aquí con vosotras. Mamá, ¿no estarás llorando no?” “No hijo, no es de pena, es de alegría” “¿Estás viendo la tormenta? Esta es de las que le gusta a mi hermana, seguro que la nuestra no es la única buena noticia de hoy” “Ojalá, hijo, yo estoy en la capilla, cuando lleguéis, llamadme y bajo a buscaros”. Escuchó que la puerta se abría:
- Mamá, ya hemos llegado- era su hijo. Estaba llorando.
- ¡Ginesito! ¡José!.- se abrazaron llorando. Un abrazo de esos que duran tanto en las películas.
- Mari, cariño, ¿cómo está la niña?
- No sé, el médico me dijo antes que las heridas ya prácticamente curaron, ahora van a ver lo otro. ¡No os imagináis la falta que me habéis hecho! Aunque Mario me ha ayudado muchísimo…- la puerta volvió a abrirse, esta vez entró Mario y sus padres.
- ¡Qué alegría me da veros!
- Gracias por ayudarnos tanto.
- No podía hacer otra cosa, yo la quiero más que a mi vida Vicky y no voy a dejarla sola, y a vosotros tampoco.
Habían pasado unas horas. Cuando el doctor entró en la capilla y se dirigió a ellos.
- Las pruebas que le estamos haciendo a Victoria no están saliendo como a nosotros nos gustaría, la vamos a seguir observando durante unas horas más.
Salieron todos y se sentaron a tomar un poco de café y unos bocadillos que habían traído Mario y su madre. Por una de las ventanas se podía observar que la tormenta se había calmado, pero que no muy lejos parecía que venía otra.
Estaban todos hablando de cómo pasarían la Navidad allí, en el hospital, las dos familias juntas, cuando, de repente, sonó un trueno que hizo temblar el edificio entero. Toda la gente que se encontraba por allí salió a correr. Nadie sabía lo que hacer. María, con su familia, y Mario, con sus padres, lo tuvieron muy claro: se sentaron todos juntos frente a la ventana, y allí se quedaron, mirándola. Al poco tiempo, Ginés miró a Mario y se sorprendió:
- ¿Qué haces con el teléfono?
- Todas las tormentas que ha habido mientras tu hermana ha estado ingresada se las he grabado, para que cuando despierte, las vea y disfrute como de costumbre.
- Cuñado… eres un caso aparte.
Así pasaron el resto de la tarde. Mientras, las tormentas se sucedían, al igual que las horas, y seguían sin noticias. Muchos de los empleados del hospital que pasaban por allí se acercaban a preguntar, dar ánimos o simplemente a acompañarlos mientras seguían junto a la ventana.
Al cabo de las horas María escuchó pasos que le resultaban familiares, se giró y allí venía el doctor, seguido del séquito de ayudantes y la cama de su pequeña detrás. Mientras la llevaban a la habitación, el doctor Juárez se dirigió al grupo.
- ¡Vaya día hemos tenido!- y dio un respingo con uno de los truenos.- Les parecerá mentira, pero, mientras le hacíamos las pruebas a su hija, cuanto más fuerte eran los truenos, parecía que su hija sonreía. Y yo, cada vez, tenía más miedo. Me dan pánico las tormentas.
- Le aseguro, doctor, que no es el único. – dijo la madre de Mario.
- Bueno. A lo que venía: Victoria ha actuado como cualquier paciente en coma, a excepción de las sonrisas. La dejamos en la habitación, dentro de un rato me traerán los resultados de una analítica que le hemos realizado. Luego vengo y les comento.
- Gracias doctor.
Entraron en la habitación. Allí estaba Victoria, acompañada, como siempre de sus monitores, cables, tubos, agujas, gomas… y con la cara sonriente. Mario se sentó en la cama y empezó a hablarle.
- ¿Qué tal el día, mi niña? Te tengo una sorpresa: ¡ya están aquí tu padre y tu hermano! Vienen enclenques de todo, lo que les hace falta es comer un buen caldo de los que hace tu madre, ¿verdad? Bueno, cambiando de tema, mi día ha sido genial, porque hoy le hemos dado las vacaciones a los niños. Qué carita de felicidad tenían cuando salían de la clase, todos de mandan muchos besos y dicen que seguro que Papá Noel te trae una sorpresa enorme. ¡Qué graciosos! Bueno y te estoy preparando un regalo que te va a encantar, ya verás. ¡Ay! Estos médicos siempre te despeinan, menos mal que yo ya te había preparado esta mañana. Oye, tienes un colorcito en la cara… parece que hubieses estado en la calle. Te lo prometo, tienes hasta color en las mejillas… ¡pero… Victoria!
Todos se sorprendieron y se fijaron en la chica. Tenía un bonito color de cara y los carrillos muy sonrosados. Y parecía muy contenta. En ese momento, otro rayo cayó en el edificio y se fue la luz. Todos los aparatos a los que estaba conectada Victoria se bloquearon y todos se empezaron a horrorizar, todos excepto Mario. Con mucha delicadeza, se acerco a su chica, le apartó una goma que tenía en la boca y le dio un beso. Y mientras la besaba, su chica abre los ojos. Se separa un poco de ella y le abraza. Vuelve la luz.
Corre a avisar al médico. Mientras, en el cuarto, todos se quedan perplejos, y María se acerca a la cama, con mucho miedo, cree que es mentira, que es otro sueño, otro en el que su niña despierta. Pero no, esta vez es distinto. Muy distinto, Victoria le está mirando. “Me está mirando, me está sonriendo”.
- ¡Mamá!, ya estoy aquí.- Su voz era un poco ronca.- Ya ves, intenté decirte muchas veces que no te preocuparas. Que pasase lo que pasase, estaríamos todos juntos en navidad. Por fin se han hecho realidad tus peticiones, verdad. Cuantas veces te he escuchado hablarme, mamá. ¡Hola papá, Ginés, que flaco estás, Mario no me mentía ni una mijina!
Entró el doctor, le hizo unas pequeñas observaciones y comprobó que estaba todo perfecto.
- Creo que tienes enchufe con Alguien de arriba.
- ¡Hija! Sabía que no ibas a faltar. Y seguro que lo que tú menos querías era perderte esta tormenta ¿verdad? Ahora vengo, tengo que ir a un sitio.
- No hace falta que vayas a la capilla, ya le he dado yo las gracias Al de Arriba, no te preocupes. Está enterado. Me ha dicho una cosa: el Día que nos vayamos a casa, cuando me den el alta, podremos hacerlo por la carretera. Se acabaron las curvas.- María no puede evitar que se le salten las lágrimas y se abraza a su hija.
Suegrita, lo siento, pero ahora me toca a mí.- Besó a su chica con mucho cariño, y le pone delante un portátil.- Cariño, mira, esto era lo que había cuando tú has decidido despertar. Anda, que vaya día nos has dado.
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